Erik Arellana Bautista

Ausentes, estrellas presentes

memoria ritual, arte y dignidad frente a la desaparición forzada

Este texto propone una reflexión autobiográfica sobre el proceso Ausentes, estrellas presentes como una apuesta de memoria ritual, creación artística y defensa de los derechos humanos frente a la desaparición forzada en Colombia. A partir de mi experiencia como hijo de Nydia Erika Bautista, mujer desaparecida forzadamente, exploro la relación entre ausencia, búsqueda, memoria familiar y construcción colectiva de dignidad.

La imagen de las estrellas, y la posibilidad de una constelación con el nombre de mi madre, se convierten en un lenguaje simbólico para comprender la persistencia de las personas desaparecidas en la vida de sus familias y en la memoria pública del país. El texto analiza el papel de las familias, especialmente de las mujeres buscadoras, en la transformación del dolor en acción colectiva, y el sentido ético y político del arte y los rituales de memoria como formas de resistencia frente al silencio, la impunidad y el olvido.

Una ausencia que se volvió camino

Soy Erik Arellana Bautista, hijo de Nydia Erika Bautista. Mi vida está marcada por su desaparición, pero también por una decisión, tomada muy temprano, casi sin darme cuenta de que la estaba tomando: no dejar que esa desaparición se convirtiera en olvido.

Desde niño entendí algo que nadie tuvo que explicarme del todo: la ausencia no era solo mía. No era únicamente el vacío de una madre en la casa, la falta de una voz al fondo del pasillo, una caricia que no llega, una conversación que quedó a medias para siempre. Era, además, parte de una historia mucho más grande: la historia de la violencia política en Colombia, de la persecución, del silenciamiento, de tantas personas desaparecidas cuyos nombres muchas veces no llegamos a conocer.

La desaparición forzada no termina en el instante en que alguien es privado de la libertad y ocultado, ahí, apenas, comienza, se prolonga en la vida de quienes quedan. Permanece en las preguntas que no encuentran respuesta, en los documentos que nunca llegan, en las diligencias que se aplazan una y otra vez, en los años, tantos años, que pasan sin verdad y se instala en el cuerpo.

Para las familias, la desaparición no es pasado: es una violencia que sigue ocurriendo mientras no se conozca el paradero de quien falta, mientras no se esclarezcan los hechos, mientras no haya responsables ni garantías de que esto no vuelva a pasar.

Mi relación con la memoria nació ahí, en ese lugar exacto: en la necesidad de sostener a mi madre en el presente. Durante años mi familia guardó fotografías, cartas, relatos, recuerdos sueltos, cualquier cosa que ayudara a que ella siguiera existiendo entre nosotros. Con el tiempo entendí que recordar no podía quedarse en guardar objetos ni en repetir la misma historia familiar como quien reza. Recordar tenía que volverse una acción pública, una manera de reclamar justicia, de interpelar a la sociedad, de afirmar que mi madre no cabía en un expediente, ni en una cifra, ni en una ausencia sin nombre, a veces la memoria no es un lugar al que se vuelve,

sino un lugar que camina con uno,

descalzo, todos los días.

He dedicado gran parte de mi vida a trabajar por la memoria de Nydia Erika Bautista y por la memoria de las personas desaparecidas en Colombia. Ha sido una forma de relación con mi madre, pero también, quizás sin buscarlo, una forma de relación con otras familias, en los espacios de memoria he encontrado madres, padres, hijas, hijos, hermanas, hermanos, compañeras, compañeros, personas que comparten algo muy simple y muy hondo: la experiencia de buscar a alguien que fue arrancado de sus vidas. Cada historia tiene su propia forma, su propio nombre, su propio dolor, pero todas se encuentran en la misma pregunta.

¿Dónde están?

Esa pregunta no es solo jurídica, es una pregunta ética, exige que la sociedad reconozca la humanidad de quienes fueron desaparecidos, y la dignidad de quienes los buscan. Preguntar dónde están es negarse a aceptar que la violencia tenga la última palabra, es afirmar, contra toda evidencia de lo contrario, que cada persona desaparecida tiene un nombre, una historia, una familia, un lugar en el mundo que nadie más puede ocupar.

Mirar el cielo: la memoria íntima de Nydia Erika

Hay una imagen de mi infancia que no se ha ido nunca: mi madre mirando el cielo conmigo. Recuerdo su voz señalando un punto entre tantos otros: «Mira, hijo, allí está Marte.» Un gesto sencillo, una conversación cualquiera entre una madre y su hijo, de las que se dicen sin pensar que un día serán lo único que quede. Después de su desaparición, esa imagen tan pequeña, tan de todos los días, se convirtió en una de las formas más profundas de mi memoria.

En la adolescencia, cuando la ausencia empezó a pesar de otra manera y las preguntas se volvieron más filosas, miraba la luna muchas noches y le preguntaba por mi mamá, le preguntaba dónde estaba, si podía verla, si podía cuidarla, si, de alguna forma imposible, podía devolvérmela. No buscaba una respuesta racional, sabía que no la habría. Buscaba, simplemente, un lugar desde donde seguir hablándole.

La luna y las estrellas se volvieron parte de un lenguaje íntimo, un idioma que solo ella y yo hubiéramos entendido del todo. Mirar el cielo era resistir al vacío, era decir, sin decirlo: mi madre sigue siendo parte de mi vida, aunque no pueda abrazarla, aunque su voz ya no esté. De esa experiencia, tan personal, tan mía, nació una idea que me ha acompañado durante años: que una constelación pudiera llevar el nombre de Nydia Erika Bautista.

No es solo una idea poética, es también una idea política. Una constelación está hecha de luces que, vistas desde la tierra, dibujan una figura. Cada estrella tiene su propia distancia, su propia historia, su propia intensidad y sin embargo, juntas, permiten que alguien reconozca una forma en el cielo oscuro. Las personas desaparecidas son, para mí, también una constelación. Cada una con su vida irrepetible, con su ausencia que no se parece a ninguna otra, pero cuando las familias se encuentran, cuando construyen memoria juntas, esas historias empiezan a iluminarse entre sí.

Nydia Erika,

si el cielo tuviera memoria,

ya tendría tu nombre escrito en una de sus esquinas.

 

Pensar en una constelación con el nombre de mi madre es afirmar que su existencia no puede ser borrada. Es decir que sigue presente: en la memoria de su familia, en la lucha de la Fundación que lleva su nombre, en las mujeres buscadoras que continúan exigiendo respuestas, en las generaciones nuevas que heredan, sin haberlo pedido, el deber de no olvidar. Pero también es reconocer que ella no está sola, su luz se encuentra con la de miles de personas desaparecidas cuyos nombres siguen siendo pronunciados, todavía, por sus familias.

La desaparición forzada busca producir oscuridad, intenta borrar los rastros de una persona, interrumpir sus vínculos, imponer silencio, sembrar miedo. Frente a esa oscuridad, la memoria aparece como una forma de luz. No una luz que niega el dolor, nada lo niega, nada podría, sino una luz que permite nombrarlo. Las estrellas presentes no reemplazan a quienes faltan, no resuelven la incertidumbre, no sustituyen la obligación del Estado de buscar, investigar, sancionar, pero permiten decir, con la voz un poco más firme: la desaparición no ha logrado borrarlos del todo.

Ausentes, estrellas presentes: una escena para nombrar lo que falta

El proceso Ausentes, estrellas presentes, desarrollado desde el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, tiene para mí un sentido profundo porque permitió sacar al espacio público una imagen que había vivido durante años en la intimidad: la relación entre la ausencia de mi madre y el cielo. Las estrellas dejaron de ser solo un refugio personal, se volvieron una apuesta colectiva de memoria.

Esta experiencia no se explica solo como intervención artística, es un acto de memoria, una acción de derechos humanos, una puesta en escena ritual, las tres cosas a la vez, sin que ninguna le reste a las otras. Su fuerza está en que reúne a familias, organizaciones y ciudadanía alrededor de una pregunta común: ¿cómo hacer presentes a quienes han sido desaparecidos? ¿Cómo nombrar la ausencia sin convertirla en espectáculo? ¿Cómo abrir un espacio de dignidad para las víctimas y para quienes han sostenido la búsqueda durante décadas, a veces toda una vida?

El arte tiene una capacidad particular: abrir grietas de sensibilidad donde otros lenguajes no llegan. En contextos de violencia prolongada, lo institucional y lo jurídico son indispensables, pero no siempre alcanzan a decir la complejidad del dolor, del duelo suspendido, de la espera que no termina. Los informes, los expedientes, las cifras, las sentencias: todo eso es necesario para establecer responsabilidades y garantizar derechos, pero la memoria pide, además, imágenes, cuerpos, silencios, nombres dichos en voz alta, músicas, fotografías, tejidos, gestos y rituales.

Decir un nombre en voz alta

también es una forma de encontrar.

La puesta en escena de Ausentes, estrellas presentes permite que la desaparición forzada deje de ser solo un dato estadístico y se sienta como lo que es: una herida humana, colectiva. Cada estrella puede ser un nombre, cada nombre, una historia. Cada historia, una pregunta abierta en quien observa. ¿Quién era esa persona? ¿Qué soñaba? ¿Quién la espera todavía? ¿Qué ocurrió? ¿Por qué, después de tanto tiempo, seguimos sin respuestas?

La estética de la memoria no puede confundirse con una estetización del sufrimiento, no se trata de embellecer el dolor, ni de volver la tragedia una imagen fácil de consumir y de olvidar. La apuesta ética consiste, precisamente, en lo contrario: en evitar que las víctimas se conviertan en objetos de contemplación. El arte de memoria tiene que nacer de las voces de las familias, de sus experiencias, de sus deseos, de sus propias formas de nombrar. Tiene que reconocer que la memoria no es un material disponible para cualquier uso, es un territorio sensible, exige cuidado, exige respeto, exige responsabilidad, siempre.

En Ausentes, estrellas presentes, el símbolo de la estrella no es una metáfora abstracta, decorativa, cómoda. Es una presencia simbólica construida desde la ausencia concreta de una persona. Es una forma de decir que cada desaparecido y cada desaparecida sigue teniendo un lugar en el mundo, aunque el crimen haya intentado, con toda su violencia, negarlo.

Ritual, duelo y memoria: la necesidad de un espacio compartido

La desaparición forzada altera, desde la raíz, los rituales sociales del duelo, guando alguien muere y su cuerpo puede ser despedido, la familia cuenta, al menos en parte, con prácticas culturales para reconocer la pérdida: un velorio, una tumba, una fecha. La desaparición forzada interrumpe todo eso, la incertidumbre sobre el paradero impide cerrar una etapa, impide despedirse del todo, impide, incluso, tener un lugar fijo donde llevar flores.

Por eso las familias de personas desaparecidas han tenido que inventar sus propios rituales, han levantado fotografías en actos públicos, han encendido velas, han sembrado árboles con nombres, han bordado, puntada a puntada, los nombres de quienes faltan. Han tejido mantas, han construido altares con lo que tenían a mano, han caminado, han ocupado plazas que no eran suyas hasta que decidieron que sí lo eran. Estos rituales no son solo expresiones de dolor, son, sobre todo, prácticas de resistencia frente a la pretensión de borrar a las víctimas.

El ritual de memoria permite decir, en público, que alguien falta y que esa falta importa. Reúne a quienes comparten la pérdida, pero también a quienes no la han vivido y necesitan, aun así, comprender su peso. En ese sentido, los rituales enseñan a mirar, a escuchar, a reconocer el dolor ajeno como una responsabilidad que también es de uno.

Bordar un nombre

es también una forma de gritarlo

sin que se rompa la voz.

Ausentes, estrellas presentes puede entenderse como un ritual de memoria porque abre un tiempo distinto, un espacio distinto al de la vida de todos los días. En la puesta en escena, las personas no solo observan, son invitadas a detenerse, a recordar, a escuchar, a nombrar, a sentir. El acto ritual transforma el espacio público en un lugar de duelo, pero también en un lugar de exigencia y de dignidad.

Para mí, participar en experiencias así ha sido encontrar una forma de diálogo con mi madre y con otras personas desaparecidas. En los rituales de memoria la ausencia no desaparece, pero se vuelve compartida. La carga que muchas familias llevan en silencio, casi a solas, puede ser reconocida por otros. Esa es una de las fuerzas más grandes de la memoria colectiva: transformar el dolor aislado en una experiencia común de solidaridad.

Los rituales también resisten a la lógica de la impunidad, cuando una sociedad nombra a sus desaparecidos, cuando sus rostros ocupan el espacio público, cuando sus historias son escuchadas, se vuelve más difícil sostener el silencio. El ritual no reemplaza a la justicia, pero le abre camino. Hace visible lo que muchos quisieran mantener oculto, y recuerda algo esencial: la verdad no es una concesión del Estado, es un derecho de las víctimas, y de toda la sociedad.

Mujeres buscadoras: memoria, cuidado y acción política

La desaparición forzada tiene impactos distintos según el género. Aunque desaparecen hombres, mujeres, niñas, niños, personas de identidades diversas, la tarea de buscar ha recaído, de manera desproporcionada, sobre las mujeres. Madres, esposas, compañeras, hermanas, hijas, abuelas, han buscado en condiciones de precariedad, de miedo, de estigmatización, de abandono institucional, y aun así, han buscado.

Han tenido que sostener dos cosas al mismo tiempo, algo que parece imposible pero que hacen todos los días: la pérdida de un ser querido, y la vida cotidiana que sigue exigiendo cosas, cuidar a otros hijos e hijas, conseguir recursos, tocar puertas en instituciones que muchas veces las reciben con indiferencia, presentar denuncias, acompañar a otras familias que están pasando lo mismo. Muchas han sido cuestionadas por salir de los roles que se les asignaron sin preguntarles. Estigmatizadas por preguntar, por denunciar, por señalar responsabilidades, por insistir, contra el cansancio, en seguir buscando.

Y sin embargo y este «sin embargo» importa mucho, han convertido ese dolor en fuerza política. Han creado organizaciones, redes, colectivos, procesos de memoria que no existían antes de que ellas los inventaran. Han construido archivos, documentado casos, participado en escenarios judiciales que no fueron pensados para recibirlas. Han exigido transformaciones institucionales, una y otra vez, aunque las respuestas tarden años, su lucha demuestra algo que se olvida con facilidad: el cuidado no es una práctica privada ni menor. El cuidado puede ser una forma de acción política, una manera de defender la vida, una manera de sostener la memoria cuando nadie más quiere sostenerla.

Las que buscan

no piden que las nombren heroínas.

Piden que alguien, por fin, les diga dónde.

La Fundación Nydia Erika Bautista ha acompañado, durante años, procesos de familias y mujeres buscadoras que se niegan a aceptar la desaparición como destino. Llevar el nombre de Nydia Erika implica una responsabilidad profunda: reconocer su historia, sí, pero también abrir un espacio para que otras historias sean escuchadas. La Fundación no existe solo para recordar a una persona desaparecida, existe para acompañar una lucha colectiva contra el olvido y la impunidad.

Ausentes, estrellas presentes también puede leerse, entonces, desde una mirada de género. Las estrellas representan a quienes faltan, pero iluminan, igual de fuerte, la persistencia de quienes buscan. Cada nombre sostenido en un acto de memoria remite a una familia que ha resistido, cada fotografía levantada en alto recuerda a una madre, una hija, una hermana, una compañera que decidió no guardar silencio.

La memoria de las mujeres buscadoras es una memoria del cuidado, pero también de la denuncia. Abraza, y a la vez exige, llora, y no se rinde. Entender esta doble dimensión es clave: la búsqueda de personas desaparecidas no es solo una tarea humanitaria, es una lucha por transformar las condiciones mismas que hicieron posible la violencia.

Arte, derechos humanos y dignidad

El vínculo entre arte y derechos humanos se vuelve especialmente importante en contextos de desaparición forzada. El derecho a la verdad no consiste solo en acceder a información oficial, aunque también es eso. Implica que la sociedad entera pueda conocer, comprender, reconocer lo que ocurrió. El derecho a la memoria tiene que ver con la posibilidad de preservar las historias de las víctimas, dignificar sus nombres, evitar que los crímenes sean negados, minimizados, repetidos.

Las prácticas artísticas de memoria contribuyen a esos derechos porque generan formas de comunicación que atraviesan la indiferencia, esa indiferencia que a veces es más difícil de vencer que el olvido mismo. Una fotografía, una estrella, una intervención en el espacio público, una lectura colectiva de nombres, uno por uno, sin prisa. Cualquiera de esas cosas puede producir una experiencia que mueve la sensibilidad y abre preguntas éticas que no se cierran fácil. El arte no reemplaza los procesos judiciales, pero puede volver visible la urgencia de que esos procesos avancen.

La dignidad de las víctimas exige que sean reconocidas como personas completas, no como cifras, no como objetos de lástima, no como víctimas sin historia, sin rostro, sin nombre propio. Cada persona desaparecida tuvo una vida entera: relaciones, proyectos, ideas, sueños, afectos, una forma particular de reírse. La memoria artística puede ayudar a restituir esa complejidad, siempre que se construya con respeto, y con la participación real de las familias, no a pesar de ellas.

Que no la reduzcan a una fecha,

ni a un número de expediente.

Mi madre también sabía reír.

En Ausentes, estrellas presentes, la estética se convierte en una forma de restitución simbólica. Las estrellas no buscan cerrar el dolor, ni ofrecer una respuesta fácil que nadie pidió. Su función es mantener abierta la pregunta por quienes faltan, son una señal de que la desaparición sigue siendo una herida colectiva, y de que la sociedad tiene la obligación de no apartar la mirada, por incómodo que resulte sostenerla.

La dignidad también implica reconocer a las familias como protagonistas, no como receptoras pasivas de un homenaje que otros diseñaron por ellas. Son portadoras de memoria, de conocimiento, de experiencia. Han construido, con lo que tenían, formas propias de nombrar a sus seres queridos, de preservar sus historias, de exigir respuestas. Cualquier práctica artística o institucional que aborde la desaparición forzada tiene que partir de ese reconocimiento, o no vale casi nada.

La memoria, cuando se construye desde las víctimas, se vuelve una forma de justicia simbólica. No sustituye la verdad judicial ni la sanción de los responsables, eso hay que decirlo siempre, sin rodeos, pero afirma que las personas desaparecidas siguen siendo parte de la comunidad. Les devuelve un lugar en la historia, en el espacio público, en la conversación de todos los días, frente a la violencia que quiso desaparecerlas, la memoria responde con presencia.

Una constelación para quienes se negaron a olvidar

Cuando pienso en Nydia Erika Bautista vuelvo, siempre, al cielo. Vuelvo a la infancia, a la voz de mi madre señalando a Marte entre tantos puntos de luz, vuelvo a las noches de adolescencia en las que le preguntaba a la luna por ella, sin esperar respuesta, solo por la necesidad de preguntar. Vuelvo a la idea de una constelación que lleve su nombre y que permita decir, con algo de certeza: su vida sigue iluminando la memoria de quienes la amamos, pero esa constelación no puede ser solo para ella.

Tiene que ser una constelación para todas las personas desaparecidas de Colombia, para quienes fueron arrancados de sus hogares, de sus organizaciones, de sus comunidades, de sus proyectos de vida que quedaron a medio hacer. Para quienes aún no han sido encontrados, para quienes fueron encontrados, pero todavía esperan verdad y justicia. Para quienes siguen presentes en las fotografías que sus familias cargan en las plazas, en las instituciones, en las calles, aunque les duelan los brazos de tanto sostenerlas en alto.

También tiene que ser una constelación para quienes se han negado a olvidar, para las madres que han buscado durante décadas sin bajar los brazos. Para las hijas y los hijos que crecieron con una ausencia del tamaño de una casa entera, para las hermanas y hermanos que sostuvieron la memoria familiar cuando ya nadie más quería hablar del tema. Para las organizaciones que acompañaron la búsqueda sin pedir nada a cambio, para las comunidades que resistieron al miedo, aunque el miedo tuviera todas las razones de su lado. Para quienes entendieron, tarde o temprano, que recordar no es quedarse atrapado en el pasado, es defender el futuro.

Estrellas presentes,

ausentes que no se apagan:

el cielo también es un país

donde todavía los buscamos.

Ausentes, estrellas presentes expresa esa apuesta, entera, es una forma de mirar el cielo sin dejar de mirar la tierra. Mirar el cielo para recordar a quienes faltan, mirar la tierra para seguir buscándolos, sin descanso, sin plazo. Es reconocer que la memoria necesita poesía, pero también necesita acción. Necesita símbolos, pero también instituciones que respondan de una vez. Necesita actos rituales, pero también verdad, justicia, reparación, garantías reales de que esto no volverá a pasar.

La desaparición forzada intenta convertir a las personas en ausencia definitiva. La memoria colectiva responde diciendo que nadie desaparece del todo mientras alguien, en algún lugar, siga pronunciando su nombre.

Mientras alguien, en algún lugar, siga mirando el cielo y encuentre ahí, entre tantas luces, la que le pertenece.

Bogotá, noviembre de 2026